Hay ciudades que se definen por sus montañas, otras por sus ríos, y unas pocas por el aroma que permanece incluso cuando la historia cambia de rumbo. Pereira nació del café, de ese suelo volcánico que “daba al café un aroma distintivo; nuestros granos tipo excelso eran fruto de ese suelo volcánico”. Ese aroma nunca se fue, aunque la bonanza si lo hizo. Lo que quedó fue algo más profundo: una identidad construida en el lote de la abuela, sobre la tierra, sobre la identidad, la propiedad esa idea íntima que nos da sentido de pertenencia.

Durante décadas, la ciudad se reinventó sin nostalgia. Desaparecieron los cultivos de café más nunca miramos atrás. Nunca lamentamos el pasado. Las fincas se convirtieron en edificios de doce pisos, las colinas onduladas en barrios nuevos, y el centro —la Plaza de Bolívar, las cuadras que marcaban el ritmo del comercio— se volvió el corazón palpitante de una ciudad que siempre se pensó a sí misma como una promesa cumplida. Un sueño colectivo, Pereira la ciudad sin puertas, aquí no hay forasteros, todos somos pereiranos. La Perla del Otún era más que un nombre cariñoso; era una certeza.

Hasta que un lunes de agosto, bajo las mismas placas volcánicas que alguna vez fertilizaron la tierra, esa certeza colapsó en instantes. “Vimos lo que cayó, no lo que debería haber existido.”  Y en ese vacío, en ese silencio, nació la pregunta que define a las ciudades que se rehúsan a morir: En esta hora sombría, tardía y cubierta, no dejamos que la nube acelere el ocaso. El apego a nuestro puñado nos dice, construyamos. Una luz, un punto en la nube nos dice: ¿pensamos o imaginamos?  Lo que debió ser, no lo que perdimos

Se decía en todo Colombia y llegamos a tener un lema no oficial: no hay mejor vividero que Pereira.  Pero ser la Perla ya no basta. Quizá el futuro exige otra joya, una nueva piedra preciosa. La Esmeralda del Otún: verde entre las montañas, resiliente, luminosa. Yo, tal como Luter King, lo digo sin prejuicio: Yo tengo un sueño y Pereira esta allí. Nunca diré construyamos el Dubái de los Andes; tuve que oírlo en una lluvia de ideas; no suena auténtico, no me gusta; tampoco el Vancouver de los Nevados, mucho menos Hong Kong de las laderas. Nuestra ciudad no es un Pereira que compra moldes, tampoco los adapta, los crea porque es una ciudad que se permite soñar con su propia versión de grandeza.

Sueña de nuevo con una infraestructura que abraza las laderas, sus caminos surcan las quebradas no las cubren con concreto. El verdadero encanto de esta esmeralda, su belleza, es el sueño de una Pereira, que entiende que una montaña no es un obstáculo, porque esa es la arquitectura de la naturaleza.

Una ciudad que no teme a los elementos porque nació de ellos. Tierra de volcanes y como la ceniza que cae, pequeños puntos en la nube que usa para proteger lo que la tierra ya enseñó. Los puntos no son coordenadas, son decisiones. El Fénix del Consota no lo suplicamos: lo diseñamos. Es un milagro que nos pertenece porque Pereira no reconstruye ruinas, es una joya que brilla incluso cuando el cielo está nublado y se piensa que todo está perdido.


GQ Tu Canal es un medio periodístico independiente y democrático que rinde tributo al derecho constitucional de libertad de expresión.

Las opiniones de nuestros columnistas son respetadas, y de su exclusiva responsabilidad