Luego del terremoto cada voz lleva su angustia. Y es como si no quisiéramos oír el vergonzante, pudoroso y atronador susurro de las voces de los estratos medios que padecen las afectaciones causadas por el sismo.
Son sus preocupados amigos los que se han encargado de hacer circular los ingentes aprietos económicos, necesidades de apoyo de vivienda, de asistencia social e incluso de ayuda psicológica que requieren centenares de familias de clase media, media-alta e incluso de estratos altos.
Alex Galindo, exdirector de la Diger, me dice que los estratos populares son solo el 10% del impacto del sismo.
Eso tiene una connotación de comportamiento social muy diferente a las tragedias en estratos populares.
Es cierto que son miles de trabajadores informales los que se han quedado sin ingresos para sostener a sus familias. De ellos se han ocupado con esmero los alcaldes y entidades de ayudas prioritarias, pero esta vez el gran impacto del sismo fue en el comercio organizado, el que paga impuestos, el que genera empleo, el que se estaba preparando para atender la demanda de mercancía en la temporada decembrina, buena parte de la cual quedó aplastada y que las aseguradoras no les reconoce.
Es cierto que muchas familias humildes fueron bien atendidas en los albergues y otras tantas están recibiendo un pequeño subsidio para pagar servicios públicos. Pero las voces más preocupadas de nuestra sociedad dicen que de la clase media todavía no se acuerdan.
Muchos son profesionales que cuando quisieron inscribirse en el RUD no pudieron porque las filas eran eternas y sus prioridades eran sus familias. Muchos pagan Airbnb. Otros tantos pagan arriendos onerosos. Otros “estorban” donde los hijos. O al revés, “estorban” donde los padres. Y de paso, crecen los costos de las facturas de servicios públicos.
Pereira es con Manizales y Medellín una de las ciudades con más población de adultos mayores de 60 años. Somos una ciudad silver. Conozco casos de amigos que tienen en sus apartamentos a sus padres que angustiados y deprimidos quieren regresar a sus casas. A muchos no les quieren decir que son inhabitables o que deben ser demolidas.
Es un sufrimiento invisibilizado. Nuestras autoridades no lo han visto y nos resistimos a creer que no lo quieren ver. O están esperando que el Gobierno haga el anunciado milagro porque por estos lares ya no queda un peso y es grande el déficit fiscal que se vislumbra en las arcas municipales, y esto es con plata, hoy por hoy, lo más escaso en el Estado. El mayor temor, el que está latente, es que, pasada la temporada navideña y las vacaciones de enero, en febrero aparezcan la indiferencia y el olvido que hemos sido, y ya no queremos volver a ser.





