Solemos olvidar con suma facilidad el nombre de las cosas y, con ello, el rastro, las huellas del paso cierto de nuestra vida en su esfuerzo por ascender y conquistar estas cordilleras y sus volcanes, por domar el ímpetu de las fieras.

¡Qué tierras más fértiles las de Risaralda! Cuánta riqueza que, como sociedad, no podemos gozar, pues, para correr y ampliar el horizonte de las posibilidades, haría falta educación, es decir, libros; libros que pasen de mano en mano, que circulen por las veredas, que combatan y detengan la «peste del olvido», porque una comunidad que lee y escribe puede expresarse sin miedo, deja de vivir al día y de pensar solo con el estómago, porque los políticos bien manipulan la necesidad y la falta de competencias para la inventiva y los trabajos especializados.

     Prefieren detener estos pueblos en el tiempo –de allí el gusto plástico por el pesebre– y reducir las bibliotecas a su mínima expresión… Quizá por desidia, pues el secreto encanto del espíritu burgués parece reducirse a ser los únicos «educados» que se sientan a tomar café en la plaza para hablar, para debatir las políticas públicas diseñadas para ellos y nunca para el campesino sin tierra, a quienes no permiten dominar el arte de la palabra, del poder.

     Por eso reducen las escuelas a ceniza, ahogan la planta docente, limitan el acceso efectivo a los libros, «drenan» el presupuesto destinado a la cultura en eventos sin sentido. A la sombra de estas leyes se pudre el patrimonio bibliográfico y documental, para el que no encuentran espacio, pues esta fue la excusa del actual alcalde de Santuario, señor Miguel Antonio Bedoya Jiménez, quien a lo largo de su periodo no ha comprado un solo libro, porque no sabe dónde ubicar la biblioteca pública y, bajo este pretexto, ha filtrado todo el presupuesto en actos culturales efímeros -y pasará otro alcalde y dirá lo mismo y así ad infinitum–.

No parece tener consideración alguna por los niños, niñas y adolescentes, y el campesinado en general, que debe convivir con los borrachos y la música estrepitosa, ya que en este primer piso de la alcaldía de Santuario se le da prioridad a las cuatro cantinas que rodean el cuarto minúsculo donde reposan los libros que ahora se deshacen por la humedad y el abandono.


Alan González Salazar (Pereira, 1987). Autor de Anónimos (Premio Nacional de Novela “Ciudad Pereira”, 2012), Noche en tu silencio (Poesía, 2017) y Máquina triste (Narrativa, 2018). Editor independiente.

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