Desde siempre, un milagro que se anuncia es una promesa que se espera con impaciencia y ansiedad. Milagros y promesas: ver para creer.

El anuncio de un milagro fortalece el poder de la fe, la fuerza callada de toda expectativa.

Y de las promesas en la política nacen las ilusiones que hacen creer “que las cosas pueden cambiar y mejorar”.

Antes del terremoto sabíamos que los recursos eran insuficientes. Después del terremoto, dependemos de las promesas y el milagro prometido por el Gobierno Nacional, porque sin plata, ni Mandrake ni Ana María Cuartas harán milagro alguno.

Y lo peor sería que en Pereira y Risaralda se repitan “los desastrosos milagros” de Gramalote, Mocoa y Providencia. Que no fueron por falta de plata.

El senador Rafael Nieto afirma que con la caída del Presupuesto Nacional se perdieron recursos billonarios “para la reconstrucción y subsidios para electricidad y gas”. Agreguemos que los recaudos de impuestos predial, industria y comercio y licores en los municipios y el departamento, también colapsaron. Hasta Carder llevará del bulto. El 2027 viene con presupuestos raquíticos.

Con promesas no es viable pagar las inversiones y los subsidios. Por ahora, promesas es lo que hay para el proceso de reactivación económica, reconstrucción y transformación urbana. Se necesita un milagro.

Dinero se llama el punto neurálgico de la promesa del “Fondo Milagro” que anuncia el presidente De La Espriella y que todos queremos ver. Incluso quienes salimos indemnes del sismo, porque de todo corazón, somos solidarios impotentes con las víctimas del sismo.

Es inevitable el escepticismo sobre el milagro de los recursos y las inversiones. En medio de la incertidumbre habrá que mantener la fe de que el Estado y los líderes regionales cumplan sus promesas y hagan el milagro de la menos gestionar la mitad de las inversiones que para Risaralda rondan los $30 billones.

Y que nuestros gobernantes pasen de los discursos a los recursos. Que el milagro transite con diligencia de la promesa a los hechos.

Que las aseguradoras no les mamen gallo a los reclamos de siniestralidad de las pólizas de las víctimas.

Que hagamos las demoliciones en 300 edificaciones a punto de colapsar y evitemos más víctimas y damnificados.

Registramos complacidos la buena decisión de la alcaldía de Pereira de intervenir el suelo de la zona más tugurizada que es la entrada desde el Viaducto por la Av. Ferrocarril hasta la Gobernación.

Da grima el error del POT del año 2000 que declaró zona de renovación urbana ese polígono que va de la calle 11 a la 27 y de la carrera 4ª a la 12, debería ser la vitrina comercial y corredor turístico más bello del país, si además se le incorpora el soñado y requeteprometido Malecón del Río Otún.

Si fuéramos más ambiciosos, llevaríamos el polígono mencionado a Corocito y Berlín, a donde seguramente se desplazarán los tugurios de la Av. Ferrocarril.

Esperamos ese milagro del alcalde Mauricio Salazar y el secretario de Planeación, Edwin Quintero, como parte esencial del proceso de transformación urbana.

En síntesis, para que el milagro se nos cumpla, los gobernantes y políticos, tendrán que pensar en grande e ir más allá de las promesas, las sonrisas y los discursos.